lunes, 8 de septiembre de 2014

Las ranitas



    Las fobias son miedos incontrolables a disimiles cosas, a las cucarachas, las he visto a las arañas, las mariposas los perros, a los gusanitos de la mazorca del maíz tierno, a las ratas, las avispas, bueno las serpientes yo las respetos creo que esto es un temor normal
Tal vez sobre este tema si hay algo escrito yo no lo conozco, y hace tiempo quería escribir sobre esto. Algunos pensarán que no es serio y el que así piense que recoja algunas opiniones de estos animalitos que son a diario aplastados, reventados por la sal, abiertos en laboratorios o por cirujanos improvisados en patios y solares.
    La Sociedad Protectora de Animales se ocupa de los perros y los gatos, pero nada de estos bichitos, tal vez porque las ranas no han tenido su oportunidad de demostrar que son las mejores amigas del hombre. Según la enciclopedia Encarta 2003 ‘’La rana, nombre común de algunos anfibios, son animales de piel lisa y suave, con ojos saltones que pueden ver en casi cualquier dirección, y poseen tímpanos auditivos externos. Los ejemplares adultos han perdido la cola y la mayoría tiene patas traseras largas que les permiten dar grandes saltos y sus pies palmeados les convierten en excelentes nadadoras. Están representados en todo el mundo excepto en la Antártica”. Las mujeres esquimales no tienen problemas.
    Sin tanta complicación yo definiría rana como un bichito o animalito completamente inofensivo para los seres humanos (claro que este no es el criterio de los mosquitos y moscas de los cuales se alimentan), de ojos saltones como algunas personas (no importa el tamaño); pueden ser chicas como la uña del dedo gordito de las manos, de las conocidas como plataneras, o grandes como un puño cerrado, todas tienen la virtud de producir en la mente femenina un efecto visual terrorífico, paralizante del sentido común, irracional e incontrolable.
    He pensado que esa fobia o terror a estos animalitos puede tener su origen entre nuestros ancestros y que ha ido pasando de generación en generación el pánico de las féminas a estas totalmente inofensivas criaturas, aunque muchas se escudan bajo la palabra “asco”. Habría que buscar en la génesis de nuestros antepasados, desde cuando nos empezamos a erguir, cuál fue la primera de ellas que inició el grito al saltarle una ranita o simplemente al verla.
 Mi fantasía llega a imaginar la horda de Homo eructos cazadores o recolectores, en plena faena de búsqueda de alimentos, en los momentos en que una hembra gritara, con los ojos casi botados, gesticulando alteradamente: “gtrouirannanuuuu” ¡ay!, que en idioma primitivo significara una rana, como si fuera un enorme y feroz león o un tigre gigantesco con inmensos colmillos de sable del extinguido paleolítico, y el resto de las mujeres de la horda, arrojando sus armas y prestas a huir, grabara o esculpiera en sus insipientes neuronas grises del disco duro escondido bajo sus capas óseas, para que perdurara en las generaciones posteriores y las otras más posteriores aun, la palabra ‘’rana’’ con luz roja. Yo no sé si actualmente se ha divulgado y llegado al gran público que algunas comisiones de científicos en profunda investigación han determinado que realmente son venenosas y que a diario desaparece una cantidad de mujeres en el mundo engullidas por estos animalitos.
    Si se fuera a recoger las experiencias de este terror de las mujeres por estos animalitos no alcanzaría un número considerable de volúmenes. Yo tengo una buena experiencia, cuando mis hijas eran pequeñas no les temían, pero luego por imitación gritaban al ver alguna por pequeña o grande que fuese. Todas nacen sin este temor, cuando son bebitas las ven como son realmente, simples animalitos, pero a medida que van creciendo se les trasmite o se contagian con las demás solidarias congéneres de la verdadera personalidad de este pequeño y aparente inofensivo animal, que durante siglos y milenios ha aterrorizado a las mujeres en todas las latitudes (con la salvedad que señalamos de las felices esquimales), sin importar la forma y el color de los ojos, estatura, textura y color de la piel y el pelo, linaje, o idioma, pues el grito es universal. No tiene traducción desde las hispanas o anglosajonas parlantes cuando exclaman con los ojos fuera de órbitas ’’mi madre, ¡una rana!’’. Cuando son damas de la alta sociedad con dominio absoluto y total de las emociones, sólo exclaman ¡Oh! de primera intención, pero cuando la exclamación va feneciendo desde el !Oh! ay, ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!, en forma mesurada, es que realmente se está al borde del pánico o la demencia y quizás de la inconciencia. Ni siquiera el ratón, que está en segundo lugar en la escala del miedo (entiéndase asco), o la serpiente, producen el efecto de una rana en las mujeres. Las caseras viven escondidas en incomodísimos lugares húmedos, rendijas y pequeñas grietas, baños y fregaderos, lugares sombríos y toscos de los que nunca sospechamos hasta que el cielo se encapota y ellas inocentemente comienzan a orquestar musicalmente su alegría, que podría ser el canto ‘’que llueva que llueva la virgen de la cueva’’,  y ahí mismo plasman su perdición y condena.
    Las mujeres siempre tienen a mano a un campeón desprovisto de armadura quijotesca o de sable y manopla, para hacer frente al batracio convertido en monstruo, el buen padre, o el dulce hermano, o el amable tío, que al grito ‘!AUXILIO!’’, o en el mejor de los caso “¡Coño!, ¡una rana!’’, acuden de inmediato. Todo depende del ente salvador, su cultura, agilidad, y el arma que coja en ristre, que puede ser un trapeador o una escoba para impartir estocadas; si el tipo es un sádico arremete con un poco de sal o un pomo de alcohol, pero si es un ángel con las alas cortadas la coge con un periódico y la oprime dulcemente hasta echarla a mudar (aunque le gritarán que ella regresa), no hay derecho como dicen los mejicanos. Arriésguese cuando vea un feo de estos bichitos dele un besito sin repugnancia, tal vez se le convierta en un bello príncipe

La osamenta



La osamenta
Por Alfredo Ballester
Inspirado en un relato del arqueólogo Guas del Monte durante un vuelo   a la capital
    Había hecho una buena jornada desde el Camagüey. Los cascos del mulo sonaban sobre las piedras de la carretera a la que llamaban camino real de la Isla. Anselmo era un mulo joven, fuerte, de buen paso, menos terco que otro que había tenido el español que se lo vendió y le cobró bien, pero valía lo pagado. Él conocía de animales, había hecho el camino sólo en tres días, nada más se detuvo a dormir y comer la carne salada que llevaba y las galletas marineras que se conservaban largo tiempo; existían muchos ríos con buena agua, por ésta no se preocupaba.
    Ya casi entraba al pueblo. Después de un rato de marcha se dirigió al cabildo; en otras ocasiones había estado por aquí cuando empezó el negocio de compra y venta de animales, tratante, como acá decían. Por suerte, la esclavitud había terminado hacía tiempo. Su madre vino como esclava junto a su abuela. Ella era muy chiquita pero lo recordaba todo y se lo había contado varias veces. Él era fuerte, ya no muy joven. Sus andanzas le reportaron algún caudal: compraba aquí y vendía allá, así iba viviendo, no tenía raíces en ningún lugar. Ahora iba a hacer un buen negocio, casualmente en un encuentro del camino lo había concertado con uno de la familia que iba a ver.
   Entró a la casa del cabildo y tomaron sus generales, así constó que el negro liberto Serapio Matías, vecino del Camagüey, se presentó en esta villa para realizar compra de ganado, firmado con una cruz el 23 de abril del 1890. Entonces se dirigió al caserón de la familia X, gente adinerada del pueblo, y entró por la puerta cochera. Le salió al encuentro el mismísimo viejo don Mariano, el patriarca de la familia; quedaron en ver al otro día el ganado y lo invitó a pernoctar esa noche. Ya era tarde, condujo al buen Anselmo a un pesebre, vio un bebedero, se lavó un poco, sintió el olor de un ajiaco con viandas y esto fue todo.
    Pasaron los años, vino la lluvia, el viento, personas nuevas. En la isla todo cambió, nacieron otras gentes que lo viraron todo patas arribas. El viejo caserón fue dividido en varias casas, hicieron nuevas paredes, divisiones, cambiaron techos. Sólo quedó el apellido de abolengo, las riquezas se fueron a bolina. Un día el viejo caserón fue derribado para hacer un banco. Los obreros excavaron el terreno. Al romper un viejo lavadero colonial, debajo, enterrado, encontraron una osamenta humana que a pesar de la cal no pudo destruirse totalmente. Tenía algún objeto y el cráneo presentaba un hueco. Parecía un hecho muy viejo, llegó la gente de investigaciones, hasta dos que eran arqueólogos o no sé qué. Dijeron que por la forma del cráneo se trataba de un hombre de la raza negra de mediana edad, por la leontina de latón y otros cálculos enmarcaron más o menos la fecha posible. Evidentemente era un asesinato, le habían pegado con un objeto duro, tal vez una mano de pilón. También a los pocos días, en un entre patio, fue sacada la osamenta de un cuadrúpedo, también en cal viva, al parecer un mulo. Los libros del cabildo se mantenían en los archivos de los museos. Todo se aclaró: un asesinato muy antiguo, pero un asesinato. No había a quién condenar, nada que hacer. Se cerró el asunto, sólo una bonita y joven policía investigadora decía a su compañero: “Y pensar que en este lugar nacieron, cantaron y bailaron los descendientes de esa familia, sin saber que este pobre hombre yacía en los cimientos de su casa”. “Así se hicieron muchas fortunas, sobre huesos de esclavos, libertos, y mulatos.”

El feto



Por Alfredo  Ballester
    Ella, como siempre, limpiaba esta habitación, cuyo olor no le gustaba, olía fuerte a medicina. Era todavía muy temprano, casi oscuro, no había llegado nadie, no lo harían hasta después de las 7 y media. A ella le gustaba terminar su trabajo temprano, ya llevaba trabajando en esta clínica cerca de cuatro años. No tenía marido ni ninguna familia. Tuvo una vez un hombre, solo uno en su vida, pero le salió tomador. Esto podía aguantarlo, pero cuando tomaba le daba por insultarla y le gritaba: ¡fea, feísima! Un día no soportó más y lo puso de patitas en la calle. La vida la había hecho dura. Cuando se encolerizaba era temida, pues tenía la fuerza de un hombre fuerte, siempre en el trabajo duro de limpieza, decían que hasta había hecho carbón. Era gorda, con unos pechos enormes, vírgenes de amamantar. No podía parir por no sé qué cosa, según le dijo uno de los médicos de la clínica privada que un día accedió a hacerle un reconocimiento a instancias de la esposa de éste. Ella limpiaba en esa casa tres veces a la semana y algunas veces cogía alguna ropa para lavarla. También lo hacía en la clínica cuando era mucho el trabajo o los chinos de la tintorería tenían algún problema.
    La habitación donde se encontraba era espaciosa: una mesa de operaciones en el centro y varias vitrinas con instrumentos. Estaba en semipenumbra, siempre después de utilizarla la dejaban hecha un desastre; sangre y otras cosas por dondequiera. Esa madrugada la habían empleado. Encendió la luz, puso en el suelo el cubo con agua limpia y arrojó la frazada al piso de mosaicos azules. Ya casi terminaba cuando sintió un pequeño ruido, como el quejido de un gatito pequeño. Aguzó el oído, pensó en ratones, pero a pesar de la antigüedad del edificio casi no existían, sólo de vez en vez algunas guayabitas. Volvió a sentir el ruido más tenue. Venía de un cesto de latón en una esquina, debajo de una mesa donde echaban las placentas y fetos muertos de pocas semanas. Vio unos trapos blancos con sangre, pudo ver un pequeño bultito, metió sus manos y sintió que algo se movía dentro del envoltorio. Lo abrió por arriba y vio una carita y unos ojitos chiquiticos cerrados, todo embarrado de un líquido rojizo, que entreabría una minúscula boquita. Rápidamente tomó una toalla y lo limpió, buscó un paño seco y lo envolvió. Lo metió entre sus grandes senos dándole calor, no lo pensó dos veces, cerró la puerta y apagó la luz. Todo lo hizo con rapidez, salió de la clínica, todavía no había casi nadie en la calle. En el trayecto hacia su pequeña casita no encontró ningún conocido, nadie la miró. Entró a su cuarto, calentó agua y en una palangana aseó la pequeñita criaturita. Era un varoncito muy chiquito, tendría que ser un sietemesino; era de ella, tenía un hijo.
    Así la vida transcurría sin ninguna alteración, ella esperaba, inexplicablemente nadie preguntó, uno suponía que la persona que se ocupaba de esto lo hizo, y el que tenía que hacerlo al no ver desechos pues pensó que no había algo anormal, o que ella lo había hecho, allí se cremaban placentas y otros restos, también fetos. Oyó de un parto de madrugada, del feto muerto, pero sólo un comentario de una de las enfermeras, sólo eso. No quiso saber de quién, se mudó de barrio al otro extremo de la ciudad. Conservó el empleo. No tenía muchas relaciones. El niño crecía fuerte y sano. Todo el instinto dormido en aquel cuerpote despertó, fue la gran madre, lo sacó a la luz. Nadie sospechaba, todo el mundo aceptó que era su hijo, realmente a nadie le importaba aquella mujer gorda que hablaba poco, y que quizás debido a su corpulencia no se le notó el embarazo.
   Pasaron los años, aquel envoltorio se convirtió en un niño, luego en un adolescente y en un joven educado y formal. Era un magnífico hijo, nadie cuestionó cómo un joven de un pelo tan rubio y unos ojos tan azules con tipo nórdico, que más bien parecía un norteamericano, era hijo de una mujer tan trigueña. Bueno, estas cosas pasaban en esta isla.

La peseta de plata (100 céntimos)



La peseta de plata (100 céntimos)
Por Alfredo Ballester
    Gentil, andar gracioso de 18 primaveras, figura menudita, ojos color miel, pelo negro como la noche, Gabriela, sin ser lo que en la época llamaban una beldad, no se podía dejar de mirar, hija única de un modesto matrimonio de padre mallorquín y madre hija de catalanes. El padre había trabajado largos años en el central Elvirita, propiedad de un acaudalado hombre de negocio, Don Melchor Leal y Bernes, asturiano de buena cepa, buen porte, 50 abriles bien vividos, y un gran mostacho debajo de la nariz, armador del bergantín La Reina del Caribe.
    El central, situado por la zona de Matanzas, poseía una de las mejores dotaciones de esclavos de la isla. Su dueño había viajado por casi toda Europa donde residía la mayor parte del tiempo hasta que, por casualidad, se prendió de los ojos gitanos de Gabriela. La boda no se hizo esperar, asistió lo mejor de La Habana, no se escatimó nada, el champán y los vinos vinieron expresamente en La Reina del Caribe desde bodegas francesas, turrones de la madre patria. Los más finos dulces por los maestros reposteros, Carrillo, de la calle Picota, los Lombillos que sirvieron todos los esplendidos buffet de la mejores panaderías habaneras; las damas para la ocasión lucieron vestidos encargados a afamadas modistas parisinas, los últimos modelos de París y complicados peinados confeccionado por algún  Monsieur peluquero del patio; la casa fue decorada con rosas y dalias rosadas, a la boda asistieron las autoridades españolas y el capitán general de la siempre fiel isla de Cuba.
    Para vivienda de los nuevos esposos Don Melchor compró una quinta que reparó totalmente en el naciente Vedado. La luna de miel fue en una finca cerca de la capital en Arroyo Arenas. La primera noche fue todo un descubrimiento para Gabriela, Don Melchor fue un caballero, se entretuvo en la biblioteca ojeando algunos volúmenes mientras ella en el cuarto de baño se aseaba y preparaba para consumar el matrimonio; ya lista, él, en el cuarto de vestir, púsose el camisón y el gorro de dormir, abrió la puerta de la habitación, apagó la luz, cogió una sábana preparada que tenía un hueco en el centro y que era de uso corriente en los caballeros bien nacidos, conocida como sábana matrimonial, la tendió encima de su mujer, suavemente metió una mano y le quito los calzones, se acostó encima de ella y la desfloró por el agujero de la sábana.
    Así pasó el tiempo, la cubanita viajó a Europa y con ellos la sábana del agujero, cuando la deseaba, ponía en la mesita de noche la sábana susodicha sin necesidad de explicaciones o le decía al oído: señora, su esposo requiere de mujer, esto ocurría por lo menos una vez a la semana.
    La joven casada fue adquiriendo modales más refinados, ya en La Habana, una tarde calurosa en compañía de unas amigas paseaba en volanta por la Alameda de Paula cuando su coche rozó la rueda de otro carro que iba en su misma dirección, pronto los dos negros caleseros se enfrascaron en una acalorada discusión, el ocupante de la calesa accidentada, un apuesto joven de ojos verdes, iba a intervenir cuando tropezó con la bella estampa de Gabriela, quedó fulminado, esto fue el comienzo de una relación, que terminó donde tenía que ser: en la cama.
    Pasado algún tiempo Don Melchor, persona observadora, se percató que algo no andaba bien con su esposa, pues se mostraba fría y esquiva pretextando dolores y molestias propias de mujeres. La joven e inexperta mujer había conocido de otras caricias ardientes del fogoso galán; el primer día que estuvo a solas con su amante en la semipenumbrade la habitación, él la estrechó larga y apasionadamente entre sus brazos, se apoderó de su boca y de su aliento, fue quitándole delicada y lentamente sus vestidos, fue besando y lamiendo los rincones más íntimos y ocultos de su cuerpo; ella por vez primera quiso y pidió ser penetrada, al principio  gemía como una niña tímida y con movimientos pausados, hasta culminar con un grito de placer casi frenético; lo hicieron de una manera violenta casi animal. A este encuentro siguió otro y luego otro, hasta que una lengua piadosa puso sobre aviso con todo los detalles al engañado marido.  Don Melchor, hombre religioso, de carácter tranquilo, pagó muy bien la confidencia, y meditó un plan. Una tarde de las acostumbradas por Gabriela a salir de paseo, se presentó en la casa donde según la información se perpetraba el crimen, engañando y comprando al esclavo portero, subió hasta el lugar donde se encontraba la pareja,  tan juntos y desnudos en pleno goce amoroso sin percatarse de la presencia del marido, éste delicadamente tosió y carraspeo, sujetando en su mano izquierda un gran revólver pues don Melchor era zurdo.  Vicente que cabalgaba en ese momento encima de una potranca furiosa, con los ojos desorbitados gritó y alzó los brazos, Gabriela dio un estridente chillido, tapando sus senos con los largos calzones del amante, ambos implorando lastimosamente perdón y serenidad al ultrajado esposo. Don Melchor, con la voz de bajo que lo caracterizaba y muy despacio arrastrando las zetas, dijo: --Cuánto vale este tiempo con una putilla de un lupanar de los muelles--, Vicente titubeó un instante y con un hilo de voz contestó: una peseta de plata, --entonces eso es lo que usted me debe joven--. Apresuradamente Vicente saltó del lecho y sacó de su pantalón lo pedido, entregándolo al marido, este lo guardo despaciosamente en su chaleco, despidiéndose ya en la puerta se volvió hacia los aterrorizados jóvenes  les dijo: ya está pagado, podéis terminar lo comenzado, y abandonó el lugar. La pareja con mucho miedo y arrepentidos salieron  sin mirarse las caras. Gabriela se refugió con cualquier pretexto en casa de sus padres.
    Pasados varios días el marido fue a buscarla, llevándola a su casa sin una palabra, en este tiempo había hecho que un orfebre colgara la moneda a una cadena también de plata americana que abundaba en demasía en esa época. La joven esposa totalmente arrepentida no osaba mirar la cara del esposo, ni lograba reponerse, la acometió una tos nerviosa, se refugió en sus habitaciones, Don Melchor había pasado a ocupar otra, solo se veían a las horas de las comidas en que sentados de frente en la larga mesa el esposo sacaba y balanceaba perpendicularmente la moneda que colgaba de la cadenita, que ella se quedaba viendo fijamente como hipnotizada. El, en voz muy baja, mirándola, susurraba  --putilla--, la infeliz no ingería alimento alguno y el sueño se escapó, adelgazaba a ojos vistas, la moneda se convirtió en una obsesión. A media noche él penetraba en la habitación, se sentaba en el lecho donde ella yacía con los ojos abiertos y a la luz de las vela sacaba la moneda y la balanceaba. Los médicos dijeron que fue  la tisis cuando ella murió. La tendieron en la sala de la casa, en túmulo alto y abierto y la cubrieron de flores con rosas y dalia rosada, él guardó un prudente luto y viajó de nuevo a Europa. Al volver se casó con una bella muchacha criolla que conoció en el barco de regreso, y no volvió jamás a usar la sábana con el hueco.

LOS NIDOS, VALLE DE LA SAL Y LOS ESPEJISMOS



LOS NIDOS, VALLE DE LA SAL Y LOS ESPEJISMOS
Por Alfredo Ballester
    En esta zona caliente sólo separada por algunos metros se observan unos promontorios de tierra carmelita-amarillo, que son nidos de hormigas blancas, comején o termes reunidos en asombrosa cantidad. Se trata de los termiteros o comejeneras que alcanzan hasta dos metros de altura y que sólo un fuego violento puede destruir. Realmente no son hormigas, pues pertenecen a un orden de insectos muy distinto, afín a la mosca dragón y a la hormiga león (en Etiopía se le conoce con este último nombre). Las paredes son muy duras, lo que permite encaramarse sobre ellas para examinar el terreno y los animales salvajes acostumbran a hacerlo.
    En la antigüedad se consideraba a estos insectos como un manjar muy delicado y exquisito. Después de las grandes lluvias salen en grandes legiones y muy pronto los gorriones y otras aves disfrutan de un abundante festín. Estos hormigueros se extienden a cientos de kilómetros, a todo lo largo de la carretera que va para el puerto de Asseb (Assab). Para llegar a este hay que pasar por el valle de la Sal, un lugar majestuoso, impresionante. Gigantescas moles de rocas sólidas, encaramadas en el espacio, surgen de un conjunto de cumbres y picos. No hay rastro de vida en ellas; desde la cima de estas rocas desnudas, antes de comenzar a bajarlo, al mirar hacia su fondo, ciega la blancura, todo es sal y muy brillante; al dirigir la vista hacia el horizonte se observa una infinita llanura, el desierto de Govi, de arena amarilla, que va hasta la frontera del pequeño país de Jibuti (dicen que es la zona de operaciones de un bandido de esa república conocida como Turbante Azul) en esta época del relato.
    Para bajar y salir al valle es necesario hacerlo por una carretera que tiene curvas y ángulos, algunos de hasta ciento ochenta grados, a una altura de dos mil a tres mil metros (Montes Mosalli). Es aconsejable que el cruce de este lugar se haga en horas de la madrugada o de la noche, pues el calor en el fondo del valle es a veces insoportable. Antes de entrar en él hay una zona, una inmensa llanura, donde es común ver un gran lago, con abundante vegetación y a medida que uno se va acercando, este va desapareciendo; suelen verse también en la carretera flotar como lagos de azogue que no son más que los comunes espejismos que se sufren en esta zona. En estos lugares las distancias aparentes son muy engañosas.
    En ocasiones ocurren accidentes y a menudo se ven vehículos (rastras-tanques) estrellados contra las rocas en lugares de donde es imposible extraerlos. Pequeños promontorios de piedras llaman la atención, se piensa en sepulturas, pero en realidad fueron trincheras que utilizaron los bandidos para hostilizar los vehículos que viajaban hacia el puerto cuando los somalíes invadieron el país.
    Al hablar sobre su fauna debe decirse que la zona del valle de Awash es un parque nacional, donde hay un pequeño museo de ciencias naturales, con una exhibición de los animales que allí viven, unos disecados y otros vivos en jaulas (a propósito, un león en su jaula parece enorme, pero visto suelto aumenta de tamaño y a veces se ven en su estado natural).
    Casi todo el pueblo, y sobre todo el grupo amara, manifiesta el culto al león como símbolo del país; este animal ha disminuido extraordinariamente y su número es menor que en tiempos pasados. En casi todas las esculturas está simbolizado el león en su poder y majestad de su realeza. Durante el día permanece escondido o acostado sobre una roca; se dice que de día el encuentro con él no es peligroso si el hombre sigue su camino sin detenerse ni hacer movimientos bruscos (se comprende, si el león no está hambriento). El león sale de noche a cazar y cuanto más oscuro sea, más atrevido se vuelve. Pueden verse onzas o guepardos; el guepardo, después del león y el leopardo, es el cazador más fiero, animal manso y fácil de domesticar, tiene gran destreza para atrapar gacelas, liebres y pájaros y su piel es muy vistosa.
   El lobo es fuerte y robusto, durante el día permanece escondido y por la noche sale para cometer sus fechorías. Cuando está hambriento se atreve a atacar los rebaños en pleno día y cuando se reúnen en manadas, hambrientos, se convierten en un peligro para el hombre. Todo es bueno para el lobo, hasta los animales pequeños como los ratones. En ocasiones se aventuran y se adentran en los poblados; cuando un lobo cae muerto, el resto de la manada se arroja sobre el caído todavía caliente, y lo devora. Hay, además, leopardos ferocísimos y sanguinarios, pero prudentes, de manera que no son muy peligrosos para el hombre.
    En lo alto de un desfiladero existe un motel dotado de cabañas montadas en tráileres y unas cataratas que llevan el nombre del río Awash. En la dirección de Logia existe otro parque que no es más que la prolongación del de Awash. Antes de llegar a este lugar se hallan varias ciénagas con cañas de agua, esto es en la carretera de Assab. Ambos parques tienen varios cientos de kilómetros y constituyen una reserva natural para animales salvajes, con una extensa red de caminos y desde los vehículos pueden observarse los animales en su medio natural. La proporción entre la diversidad de animales que los pueblan ha permanecido casi inalterable. Aunque el terreno no está cercado, son pocos los animales que emigran.
    La fauna también es rica y abundante en herbívoros: liebres, ardillas, grandes manadas de antílopes, antas (orix, el más gallardo de los antílopes africanos, de cuernos altos y rectos), gacelas de carnes jugosas, diversos tipos de venados, impalas y un pequeño antílope (enano) de graciosa forma, cuya única defensa es su velocidad, ésta conforma la poca carne de animales salvajes que comen algunos etíopes; algunas cebras, muchas hienas amarillas con manchas oscuras que siempre van en grandes grupos y en ocasiones se internan hasta en las ciudades - cada vez que los habitantes pueden matarlas lo hacen alegando que atacan al ser humano-; chacales, zorros del desierto o fenecs, buitres que permanecen posados con aire aburrido, águilas, puercos espín, de la familia de los roedores, aproximadamente del tamaño de una gallina, de púas fuertes y largas, tienen anillos blancos y negros y al caminar producen un ligero y extraño sonido. Su carne es suave y delicada. Abundan unas aves zancudas, desaliñadas, muy grandes, lentas y feas, parecidas a las cigüeñas; estas aves, marabú, no son molestadas por nadie, suelen permanecer en grandes bandadas cerca de los lugares poblados, comen inmundicias. La presencia de los animales que comen carroña en esta zona es muy importante por el servicio que prestan.
    Existen grandes avestruces, solitarias o en parejas, de patas largas y robustas, que les permiten correr a extraordinaria velocidad (más de cuarenta kilómetros por hora). Su altura es de dos a tres metros, se alimentan de herbaje, insectos y reptiles; sus plumas son bellísimas, las de los machos serán siempre negras y cenizas en las hembras. Son animales fuertes pero pacíficos e inofensivos, su carne es agradable al paladar, muy parecida a la de nuestro guanajo.
Los galápagos, tortugas gigantes de tierra, muy lentas y comestibles, abundan en número considerable; sus alimentos consisten teóricamente en pequeñas hierbas, hojas y caracoles, viven más de cien años y soportan largos ayunos. Nosotros las comíamos, su carne fue apetitosa hasta que las vi devorar cadáveres humanos en el Ogadén, sencillamente las dejé de comer.
    Serpientes, entre las cuales es célebre la conocida pequeña serpiente “tres pasos” (el nombre indica que la persona mordida sólo podrá dar tres pasos antes de caer muerta, el veneno actúa tan rápido que no da tiempo a nada), y la también temible voladora; la primera vive entre las piedras y debajo de éstas; la segunda ataca cuando cae de encima de los árboles, o sea, es arborícola.
    A estos reptiles les gusta el calor y muchas veces entran a las casas, yo al levantarme revisaba las botas ante de calzarlas; los etíopes les tienen verdadero espanto a estos seres fríos y silenciosos. La “tres pasos”  posee unos pequeños colmillos a manera de ganchito, adaptados, por tanto, para retener la presa, no para masticar los pequeños roedores de que se alimentan. Aunque no se ven las serpientes  a menudo, una de las costumbres más notables es el cambio de su piel: cada año, en determinada época, el animal estará inquieto, sus colores palidecen y su piel empieza a desprenderse, ésta quedará abandonada y la nueva, llamada camisa de la culebra, conservará de un modo perfecto todos los detalles. La serpiente con su nueva piel luce colores más vivos y bellos e incluso parece más alegre.
    Cuando las serpientes se encolerizan, por miedo o por dolor, silban o soplan; también soportan largos ayunos. Se decía que mientras más ancha tuvieran la cabeza, más venenosas eran. Cazan lagartijas y otros animales pequeños. También la temible cobra real vivía por los contornos, solo la vi una vez.
    En la nómina de los invertebrados se encuentra una pequeña araña rosada, más pequeña que el puño de un hombre, muy agresiva, que no teje tela, salta y se precipita sobre su víctima. Tiene la boca en forma de piquito de pájaro, pero yo no conocía que era venenosa. Una noche picó a un etíope y a pesar de los esfuerzos que hicieron nuestros médicos el infeliz murió con horribles dolores
    Entre los animales dignos de atender hay una cantidad increíble de gallinas de guineas, cuervos, aves de presa que se alimentan de las pequeñas serpientes, a las que persiguen y al alcanzarlas les parten la columna vertebral de un zarpazo (también estas aves serpentarias gustan de los galápagos recién salidos del huevo); parejas de jabalíes o hembras con sus crías, muy peligrosos si son agredidos, pues sus colmillos constituyen una seria arma; se alimentan de vegetales y animales pequeños, su carne es un verdadero manjar, apetitosa aún sin aliñar.
    El mundo alado está representado por todas las gamas de colores, maravillas de formas, tamaño, trinos, plumajes brillantes, vivaces, alborotadores y atrevidos, viven en los grandes árboles. Al salir el sol salen en grandes bandadas y no regresan hasta el atardecer. Al encanto de los colores se añade la armonía de los sonidos, llenan el aire, haciéndolo más alegre y hermoso. Cuelgan de los árboles nidos hechos en forma ingeniosa, como cestos pequeños todos cubiertos, con una sola entrada en uno de sus lados. En la zona de Awash habita una especie de ave, muy abundante, amarilla y negra, tejedora, que construye su nido formando agrupaciones, en un árbol al lado de mi dormitorio vivía una chillona colonia.
    Existen, además, infinidad de insectos, grillos, escarabajos peloteros (o del estiércol) a los que se les ve en parejas por el campo arrastrando una bola de inmundicias, en cuyo interior ponen sus huevos, millones de moscas domésticas que trasmiten la disentería y moscas Tsé-Tsé que propagan la enfermedad del sueño a hombres y animales por suerte en nuestra zona esta mosca era rarísima; el mosquito anófeles, trasmisor de la malaria e infinidad de chinches y piojos; ágiles e inquietas lagartijas y lagartos. A lo largo de los ríos y de los pantanos viven especies de ánades, ocas, algunos cocodrilos e hipopótamos este último .en zonas más alejadas
    Eventualmente pasan por esta zona migraciones en masa de mariposas que forman verdaderas nubes, dejando a su paso cientos de cadáveres de las que mueren en los traslados; son de las conocidas por alas de pájaro africanas, de un fino azul pálido con bandas oscuras realzadas por manchas azules o la conocida Pinameis. En una ocasión fui sorprendido en plena carretera por una de estas migraciones, lo que pudimos hacer fue cerrar todas las ventanas del jeep, un Waz 469 soviético y detenernos cerca de una hora hasta que terminaran de pasar miles y miles de estos insectos, pues no se veía nada, dejando cientos de cadáveres que chocaron con el vehículo.
    Existen otras reservaciones o parques para animales salvajes como la gámbela, cerca de la frontera con Sudán, que según informaciones cuenta con un mayor número de animales, y en la provincia de Bale, el parque nacional de Dinsho, de diez mil hectáreas, que además de la fauna que hemos mencionado, cuenta con especies únicas como la zorra roja y la gacela negra y otras como águilas pescadoras, patos de espuelas, etc.
    No puede dejar de mencionarse los monos. Esta zona de Awash la pueblan grandes y alborotadores manadas de monos mandriles, de gran fiereza, caracteres furiosos y provistos de fuertes dentaduras, con los caninos muy desarrollados. Una manada grande puede componerse de hasta cien individuos. El macho es de color oscuro, corpulento y con el pecho de color rojizo; la hembra es pequeña y no tan vistosa; sus crías, al trasladarse, se cuelgan de sus pechos, al enfurecerse emiten unos chillidos. Viven en plena sabana con sus jefes, que serán siempre los machos más fuertes, los cuales presentan en su cuerpo las huellas de los combates por mantener el poder, someten a la manada a una disciplina casi humana muy férrea. Se alimentan de los frutos silvestres, hojas, y hacen fechorías si se lo permite la ocasión. Por esto último son odiados y exterminados por los pobladores.
    Es interesante observar las medidas que toman al pasar una carretera o camino: primero pasan los exploradores, machos corpulentos y fuertes, al hacerlo toman muchas precauciones. Al sobrepasar el cruce dan unos chillidos en señal de que no hay peligro; inmediatamente otros machos se sitúan organizadamente del lado donde van a pasar, en el primer orden las hembras con sus crías y, por último, el resto de la manada. Si durante el paso se produjera cualquier peligro, los centinelas dan la señal de peligro y salen en estampida. Las negligencias de los centinelas son pagadas al precio de sus vidas. Esto lo observábamos casi diariamente.
    Hay unos monitos azules, muy pequeños y chillones, que viven a la orilla de los ríos; andan siempre en grandes grupos, encaramados en los árboles, comiendo frutos y hojas, a diferencia de los mandriles, que permanecen en tierra todo el tiempo. El mandril, si es capturado pequeño, no es difícil de domesticar; se muestra muy cariñoso, juguetón e inteligente, es travieso en gran medida, se le puede dejar suelto, pues no hay peligro de que vuelva a la manada; si esto ocurriese le matarían de inmediato, nuestro campamento fue adoptado por una pareja que vivió en él todo el tiempo que duró la misión, malcriados por todos y muy sociables.
    También en el país son notables los papiones sagrados o babuinos que viven en montes rocosos, en grupos de cincuenta o más individuos; por las noches descansan en las grutas de las montañas, de las cuales salen por la mañana, guiados por los más viejos, en busca de alimentos: raíces, frutas, tubérculos, insectos, caracoles y escorpiones. Estos simios son grandes, corpulentos, de dientes fortísimos, de un color gris pálido; tienen en la cabeza la forma de una peluca y el pecho parecido a una esclavina, de aspecto solemne que infunde cierto respeto. De lejos parecen hombres y en más de una ocasión durante la guerra nuestra exploración en estas grandes extensiones los confundió con estos y hasta les tiramos. El babuino casi nunca trepa a los árboles, pues acostumbra a vivir en el suelo; los machos viejos que hacen de guía desempeñan su tarea con mucha prudencia.
    En las tierras altas, a partir de la provincia de Wollo, viven los cercopitecos, de larga cola; son vivaces y ágiles, casi siempre están en los árboles, su color es gris verdoso, comen frutos, retoños y a veces pequeños animalitos o huevos de pájaros. Pasan la noche en los árboles y al amanecer toda la manada va en busca de alimentos bajo la dirección de un macho viejo. Si encuentran a su paso un huerto, varios de ellos hacen de centinelas, mientras el resto se dedica a devastar todo cuanto encuentran; si se anuncia algún peligro, huyen todos precipitadamente, tratando de llevarse el mayor acopio posible de los productos robados. Los jóvenes pueden domesticarse fácilmente, pero al envejecer se vuelven brutales y muerden. Las crías van apretadas en el seno de la madre durante las primeras semanas y son de un humor muy variable.
    Los remolinos, lluvias y tormentas de polvo son algo muy presente en estas tierras. En el período de las precipitaciones, rápidas y abundantes, que no son absorbidas por la tierra reseca y corren hacia hondonadas, formando verdaderos ríos, la lluvia es la fiesta de la naturaleza, llena de alegría, el paisaje se anima por todas partes; la vegetación, que ha permanecido gris, adquiere de pronto un verde intenso, viste un nuevo follaje, las flores exhiben sus bellos colores y un pujante pasto se extiende por una tierra aletargada por la sequía.
    El invierno, señalado por la estación de las lluvias, abarca de abril a septiembre; las grandes lluvias, de julio a octubre. Desde una determinada altura se aprecia en estos llanos inmensos como si existieran millares de fogatas que elevan su humo hacia el cielo, no es más que los comunes remolinos que allí existen; estos alcanzan varios metros de altura. En esta región la capa de polvo es de 20 a 30 centímetros y a veces  más. Es un polvo distinto al nuestro, al tacto parece un talco, en él se nos atacaban los camiones, los BTR 60 M y a veces los tanques, en la época de lluvia era infernal, cuando caminábamos el polvo daba encima del tobillo.
    Hay una época del año en que se observa en el horizonte como si se acercara un gran aguacero, pero son las tormentas de polvo que azotan estas zonas en los meses de mayo a junio, y se mueven con gran lentitud. Estas tormentas llevan consigo una gran fuerza de vientos y en los meses ocurre este fenómeno con gran frecuencia. Generalmente el clima es seco y el sudor es absorbido instantáneamente; la humedad es mínima. Al lavar alguna prenda de ropa se seca en minutos, y la tela adquiere una dureza extraordinaria. Esto es solo una pequeña visión del ambiente en que nuestras tropas vivieron cuando cumplimos nuestra misión internacionalista.

miércoles, 27 de agosto de 2014

La matica de café



La matica de café
Por Alfredo Ballester Parra
    En la comarca había muchas como ella. Esta era tímida en extremo. Yo la había visto dos o tres veces, bonita, bien trigueña como su padre, menudita de cuerpo. Decían que era de una familia de curros. Estos curros oriundos de la región de Valencia eran bien prietos, parecían gitanos o árabes. Los españoles se metieron en todas las montañas del oriente del país y fundaron cientos de familias. Los padres eran españoles y los hijos criollos. Muchos se adentraron monte adentro y levantaron con sus espaldas grandes plantaciones de café, trabajaron y ahorraron mucho; mantenían sus formas de vida y costumbres; construyeron grandes y prácticas casas. Los había que llegaron casados muy jóvenes de la madre patria, otros conocieron a su pareja también española aquí, y también los había casados con cubanas. A todos los igualaba una cosa, vinieron a hacer fortuna, muchos la hicieron,  echaron raíces y acá se quedaron, muy pocos regresaron.
    Los españoles que vinieron a América eran ahorrativos y previsores, diferentes al criollo que por idiosincrasia gastaba mucho, no guardaba nada También en común tenían la crianza de las hijas, era un cliché. Las había bonitas, feas, flacas, gordas, pero para todas era igual, la mirada asustadiza como las venaditas del bosque, no se dejaban ver al llegar una visita, mucho menos si ésta era de hombres. Cuando era yo un adolescente pasé unas vacaciones en la casa de una de estas personas, amiga de mi padre, en el valle de Caujerí. Tenían una hija rubia, bonita por cierto, la vi muy pocas veces y eso que vivíamos bajo el mismo techo.
    El padre de esta trigueñita del cuento poseía una buena finca de café. Su madre era cubana, ya acostumbrada al servilismo rural de la época. El viejo tenía un hermano cerca  que tenía muchas más tierras que él. Nos veía pasar, pero no intervenía en nada, sabíamos que no le gustábamos, tal vez olía ya algo. La muchacha simpatizaba con los rebeldes, cosía a escondidas brazaletes y pañoletas con los colores del 26 de Julio y nos las enviaba con una de las recogedoras de café de la finca. De alguna forma el hombre se enteró y se lo prohibió. Sabe Dios por qué, por cuáles circunstancias, ni lo que pasó por la mente de aquella niña de 15 ó16 años, nunca lo sabremos, lo cierto es que un día decidió quitarse la vida.
    Esa mañana Amel Escalante y yo estábamos en el hospital de Soledad y vinieron con la noticia que la hija de fulano de tal había aparecido ahorcada, no se sabía cómo, en una matica de café. No había nadie a quien mandar y fuimos nosotros dos a investigar lo ocurrido. Amel había cursado el primer año de Medicina. Después de casi una hora de marcha a caballo llegamos a la hacienda. Era un gran caserón de madera con un cobertizo al lado de la casa y enfrente el consabido secadero de café. Había varias personas, todas mujeres. La descubrieron muy temprano en la mañana detrás del cobertizo arrodillada y al cuello una soguita amarrada a una matita pequeña de café que soportó el cuerpo pequeño de la chiquilla. Así como rezando la encontraron. Nos pasaron al cuarto donde estaba tendida a lo largo de su cama, con las manos juntas en el pecho, vestida de blanco y lleno el lecho de flores, parecía como dormida. Nos quedamos con dos de las mujeres de edad mediana y le pedimos que le quitaran las ropas y que la volteasen. No había nada, ni pequeños rasguños, ni golpes, ninguna señal de violencia. La desnudez virginal de aquella criatura, que nadie había visto en vida, nos conmovió. No queríamos mirarla, pero nos había traído hasta allí una tarea y teníamos que cumplirla y descartar cualquier otra cosa. Amel le hizo el tacto vaginal y me dijo que si quería comprobarlo. No me atreví a mancillar aquella doncellez. Le dije: “no, no hace falta”. Me dijo: “es virgen”. Descartamos cualquier violación u otro hecho y la cubrí con la sábana. No sé cómo aquel padre pudo vivir después. Tal vez este relato sea el homenaje de verdad póstumo a aquella muchachita que yace en un pequeño cementerio perdido en la serranía, tal vez en una tumba ya sin flores y olvidada, que no quiso o no pudo vivir su vida.

viernes, 22 de agosto de 2014

Emilio



Emilio
Por Alfredo Ballester Parra
    Amanecía con una densa neblina, desde la madrugada caía una fría y fina llovizna. En este nuevo lugar solo llevábamos un par de días, todavía no habíamos terminado de acomodarnos, esta mudanza apresurada obedecía a que se esperaba una gran ofensiva por parte del enemigo sobre el frente. No sé cuántos pasos de ríos tuvimos que cruzar para llegar a la zona de Santa Catalina, al oeste de Guantánamo. Casi todo el camino era entre dos lomas, por el cauce antiguo y seco del río, llenos de chinas pelonas azules, negras y blancas, donde el río actual serpenteaba a capricho.
    No sé si fue una orden o una coincidencia que la fábrica de bombas, con Gilberto Cardero al frente, y nuestro recién formado departamento de propaganda, con Papito Sergera, nos uniéramos. Estaban  los campamentos casi juntos, solo nos separaba la arboleda del patio de la casa que ocupábamos. Los compañeros de la fábrica de bombas lo habían hecho en la casa de vaca o la vaquería colindante. Este lugar nos los indico el alcalde del barrio, un hombrón amulatado de apellido Fuentes, era al parecer la casa de un emigrante o descendientes de algún caribeño anglófono por los libros que encontré.
    La noche antes había sido molesta para mí, me entró un insecto en uno de los oídos, Emilio y Cuza para sacármelo me echaron orine caliente y por último tuvieron que utilizar un gancho que me lastimó y aún conservo la cicatriz. Estaba oscuro todavía cuando Emilio se acercó a mi hamaca y me dijo: “dice Papito que vayas conmigo”, me erguí y le pregunte: “a dónde”. Me contestó: “a llevar unas minas para el Alto de la Victoria, porque los guardias están tratando de entrar”. Me puse las botas y la cartuchera con el 38 y nos dirigimos a la cocina de la fábrica, por un poco de café y unas malangas sancochadas. Ya Emilio había preparado las bestias, solo faltaba la mía, minutos después emprendimos la marcha. Emilio montaba un mulo de cabalgadura y cogido con una soga el mulo de carga, con dos minas de las grandes. Tratábamos de adelantar oscuro lo que pudiésemos, pues la aviación enemiga nos castigaba casi diariamente. Había una buena cueva natural, cerca de la fábrica, en el cauce del río, donde nos refugiábamos junto a varias familias que vivían en los contornos.
 Emilio era un negro corpulento, más bien gordo, alto, cari redondo y de ancha sonrisa; tenía un metal de voz aflautado de falsete, y fino que contrastaba con su figura, su hablar era pausado, tenía una barba insurta y los  ojos grandes. Era descendiente de emigrantes haitianos, había sido recogedor de café en la Sierra Maestra y la zona de Pilón, todo esto como jornalero de vales o sea, que no le pagaban en efectivo sino con un papelito para comprar mercancía en la tienda que, por lo regular, era del patrón que daba el vale.  Era un hombre muy fuerte, acostumbrado al trabajo duro, al aire libre, muy sano, noble de espíritu, simple, con gran corazón, de fácil risa, muy querido por sus compañeros por su nobleza y humildad. Llevaba tiempo en la fábrica, allí cumplía diversas tareas, una de ellas era sacar el TNT (explosivo) de las bombas de la aviación que no explotaban para confeccionar las minas terrestres (boniatos); también conocía de herrería, de animales y otras tareas del campo. No sé quién lo llamo Tanganica, este apodo lo trajo de la Sierra Maestra, y así lo conocían muchos, yo le llamaba por su nombre, Emilio.
    Continuamos el camino entre cuentos, cigarros, tayuyitos de tabacos que fumaba Emilio, avizorando el cielo y agudizando el oído para que el sonido de avión no nos sorprendiera en un descampado. Después de algunas horas de aquel camino casi todo subiendo y entre fangales llegamos al alto de la Victoria, este lugar era un pequeño cañón natural, o sea, un paso estrecho entre dos lomas, debajo, el llano del valle de Guantánamo. No vimos rebeldes hasta no estar dentro del desfiladero, enseguida nos topamos a Samuel Rodiles y a  Manuel Piñeiro que salieron a recibirnos, aunque el saludo tuvo que esperar un rato pues la aviación enemiga comenzó a ametrallar el lugar y tuvimos que guarecernos. Allí nos enteramos que los casquitos habían matado a un compañero, dejaron su cadáver, exprofeso, en el camino del llano, tirado, y los camiones y tanquetas que empleaban contra nosotros en su ir y venir le pasaban por encima, lo habían convertido prácticamente en una masa sanguinolenta e irreconocible. En este combate también a un casquito, Elmer, que había sido mi compañero de juegos en la niñez, que era chofer o ametralladorista de una de las tanquetas  enemigas, al sacar la cabeza recibió un tiro en medio de la frente, muriendo en el acto.
    Al cabo de dos horas nos retiramos del lugar y  ya de noche llegamos a nuestro campamento. Después de una no muy larga permanencia en este lugar de Santa Catalina nos trasladamos con el departamento para la Somanta, pero a Emilio lo veía a cada rato, siempre era el mismo en cualquier condición, nunca lo vi bravo, sino optimista y de buen carácter por naturaleza, cuando había comida era de buen apetito y cuando no, pues con café y uno de sus tayuyito él estaba feliz.
Un día me enteré que lo habían traído herido de bala del combate de Ocujal (la Zanja), fue en una pierna, allí tuvo una actitud propia de él, no podía ser de otra forma, pues no sería Emilio, me contaron que aún herido alentaba y arengaba a los compañeros. Lo trajeron al hospital de Soledad de Mayarí Arriba, lo fui a ver, él, tranquilo, como siempre; la pierna se le complicó, cogió gangrena. Esa noche me quedé en el hospital en la sala de pacientes, acostado en una de las camas  sin dormir solo miraba el techo, separado por un tabique de madera, los médicos le amputaban la pierna a Emilio. Nunca me había percatado del olor tan intenso de la sangre humana, un olor penetrante y dulzón, nada agradable llenaba el lugar, cuando dormitaba se metía en mi nariz  y me despertaba sobresaltado, tuve esta sensación  por varios días dentro del cerebro, terminaron casi de madrugada, tuve que ausentarme del lugar.
     Emilio no sobrevivió, la gangrena no se detuvo, lo enterramos cerca de donde lo habíamos hecho con  su pierna, en el pequeño cementerio nuevo que se había construido entre Soledad y Mayarí Arriba. La muerte de Emilio nos afectó a todos. A los pocos días en Calabaza de Sagua los compañeros de la fábrica  le demostraban a Raúl el M-26 (granada que se lanzaba con un fusil). Mientras esperábamos por el jefe del frente, el jefe de la fábrica, Gilberto, se me acercó y me dijo, afectado, hazme una carta para entregársela a Raúl con el fin que me autorice ponerle a la fábrica de bombas el nombre de Emilio. Yo tomé el lápiz y el papel que me entregaba y escribí: “Comandante Raúl Castro Ruz, en mi nombre y el de mis compañeros permítame poner el nombre de ese magnifico y leal hombre, ese coloso de ébano que fue el compañero Emilio Bárcena Pier, etc., etc”.  Cuando Gilberto le dio la nota a Raúl este la leyó, miró a los que allí nos encontrábamos e hizo un gesto triste de aprobación con la cabeza sin pronunciar palabras.